EPISODIO 2
LA EUFORIA DEL FÚTBOL
PRIMERA MITAD DE LOS AÑOS 80
EDAD: 16 Y 17 AÑOS
30 DE OCTUBRE DE 2026
CUANDO EL FÚTBOL ERA NUESTRA MAYOR FELICIDAD
Hay épocas de la vida que uno quisiera guardar para siempre. No necesariamente porque hayan sido perfectas, sino porque estuvieron llenas de momentos que jamás volverán a repetirse de la misma manera.
Después de tantos años, cuando regreso con mis recuerdos a la colonia San José de las Flores, en Tonacatepeque, vuelvo a encontrarme con aquel joven que alguna vez fui.
Un muchacho de dieciséis o diecisiete años, lleno de energía, con pocas preocupaciones y con una pasión que compartía con muchos amigos: el fútbol.
Para nosotros, el fútbol no era simplemente un deporte.
Era una razón para reunirnos, una oportunidad para salir de la colonia, conocer otros lugares y sentir que pertenecíamos a algo importante.
No éramos futbolistas profesionales. Tampoco teníamos contratos ni grandes instalaciones deportivas.
Pero había algo que nos sobraba: entusiasmo.
Cada encuentro era una final. Cada gol era una hazaña. Cada jugada podía convertirse en el tema de conversación de toda la semana.
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LOS VIAJES QUE HOY RECUERDO CON NOSTALGIA
Nuestros partidos nos llevaban a diferentes lugares de la región.
Recuerdo nuestras visitas a Apopa, Guazapa, Nejapa, Quezaltepeque y otros sitios donde encontrábamos equipos dispuestos a enfrentarse con nosotros.
Aquellas salidas eran verdaderas expediciones.
No contábamos con un autobús cómodo, aire acondicionado ni asientos acolchonados.
Muchas veces nos transportábamos en un camión, en condiciones que hoy describiría como un transporte al estilo de los que se utilizaban para llevar ganado.
Íbamos todos juntos, acomodándonos como podíamos.
La comodidad era lo de menos.
Lo importante era llegar al lugar donde se realizaría el partido.
El viaje podía resultar cansado e incómodo, pero nosotros lo convertíamos en parte de la diversión.
Entre bromas, risas y conversaciones, el tiempo parecía pasar rápidamente.
Siempre había alguien dispuesto a contar un chiste, recordar alguna travesura o comenzar una discusión sobre quién era el mejor jugador del equipo.
Éramos jóvenes y cuando uno es joven, la incomodidad puede convertirse en aventura si se encuentra acompañado de sus amigos.
PARTIDOS QUE PARA NOSOTROS ERAN ÉPICOS
Cada encuentro tenía su propia historia.
Había partidos difíciles, otros emocionantes y algunos que seguramente preferíamos olvidar por el resultado.
Pero ninguno pasaba inadvertido.
Cuando entrábamos a la cancha, nos transformábamos.
Aparecía la competencia, el orgullo de representar a nuestro grupo y el deseo de demostrar que podíamos jugar mejor que nuestros adversarios.
Cada quien tenía su manera de entender el fútbol.
Estaba quien se consideraba un gran goleador, quien defendía con toda su fuerza, quien organizaba el juego y quien se creía capaz de resolver cualquier situación con una jugada extraordinaria.
Y también estaban los que terminaban protagonizando las situaciones más cómicas del encuentro.
Un buen pase podía generar admiración.
Un gol podía provocar una celebración extraordinaria.
Una oportunidad desperdiciada podía convertirse en motivo de bromas durante varios días.
Nos reíamos de las jugadas, discutíamos las decisiones y comentábamos cada detalle como si hubiéramos participado en un campeonato internacional.
Para nosotros, aquellos partidos eran auténticas hazañas.
EL FINAL DEL PARTIDO Y EL COMIENZO DE OTRA COSTUMBRE
Pero había algo más que comenzó a formar parte de aquellas reuniones.
Algo que en ese momento parecía completamente normal.
Al terminar un partido, o incluso cuando alguno era sustituido y debía abandonar la cancha, aparecía una nueva protagonista de nuestra convivencia.
Una cerveza Pilsener bien helada.
Después del esfuerzo físico, del calor y de correr detrás de la pelota, aquella cerveza se presentaba como una manera de refrescarnos.
No recuerdo el momento exacto en que comenzamos a repetir esa práctica.
Lo que sí recuerdo es que llegó a formar parte de nuestra rutina futbolística.
El partido terminaba.
Y aparecía la cerveza.
En aquel tiempo no analizábamos demasiado lo que estábamos haciendo.
No pensábamos en las consecuencias que podía traer el consumo repetido de alcohol.
Lo asociábamos con el descanso, la celebración y la convivencia.
Si habíamos ganado, había motivos para celebrar.
Si habíamos perdido, también encontrábamos razones para reunirnos y comentar lo sucedido.
LAS BOTELLAS PARA EL CAMINO
Nuestra convivencia no terminaba cuando el árbitro daba por finalizado el partido.
Todavía quedaba el viaje de regreso.
Y, como si la aventura no pudiera concluir sin prolongar la celebración, comenzamos a comprar más cervezas para el camino.
Regresábamos en aquel mismo camión, con las incomodidades de siempre, pero con nuevas historias que contar.
Si el partido había sido emocionante, el trayecto de regreso podía convertirse en una larga conversación sobre cada jugada.
Todos tenían algo que decir.
El que había anotado un gol encontraba la oportunidad perfecta para recordarlo.
El que había fallado una ocasión importante tenía que soportar las bromas.
Y el que había cometido alguna equivocación extraordinaria podía convertirse en el protagonista involuntario de toda la conversación.
Las risas se multiplicaban.
Los comentarios iban y venían.
Las botellas también.
No pensábamos en cuánto dinero estábamos gastando ni en los riesgos de consumir alcohol siendo menores de edad.
REGRESAR A LA COLONIA NO SIGNIFICABA TERMINAR
Lo más curioso era que regresar a San José de las Flores no significaba necesariamente que la reunión hubiera concluido.
Muchas veces parecía que apenas comenzaba otra etapa de la jornada.
Ya habíamos viajado.
Ya habíamos jugado.
Ya habíamos regresado.
Pero todavía nos quedaban demasiadas cosas por discutir.
Había que analizar el partido.
Y cuando digo analizarlo, me refiero a hacerlo con una seriedad que hoy me provoca una sonrisa.
Nos creíamos entrenadores, comentaristas deportivos y expertos en estrategias futbolísticas.
¿Por qué perdimos?
¿Por qué ganamos?
¿Quién fue el mejor jugador?
¿Quién no rindió lo suficiente?
¿Quién desperdició aquella oportunidad de gol?
¿Quién cometió el error que cambió el resultado?
Cada jugada podía generar una discusión interminable.
Las bromas, los bloopers y las payasadas formaban parte de la noche.
Y las horas continuaban pasando.
LAS NOCHES QUE SE EXTENDÍAN HASTA LA MADRUGADA
Sin darnos cuenta, aquellas reuniones podían prolongarse hasta altas horas de la madrugada.
Las conversaciones parecían no tener final.
Siempre aparecía una nueva jugada que comentar, una anécdota que recordar o una broma que provocaba otra ronda de risas.
Y mientras las palabras se acumulaban, también lo hacían las botellas vacías.
Las cervezas iban transcurriendo una tras otra.
No recuerdo que lleváramos un control preciso de cuánto consumíamos.
Lo importante para nosotros era continuar reunidos.
Con frecuencia terminábamos gastando el dinero que llevábamos.
El poco dinero que teníamos desaparecía durante aquellas jornadas de fútbol y convivencia.
Éramos jóvenes de dieciséis o diecisiete años.
Nos importaba vivir el momento.
La semana siguiente habría otro partido, otra aventura y seguramente nuevas razones para volver a reunirnos.
EL FÚTBOL NO ERA EL PROBLEMA
Quiero detenerme en una reflexión que considero importante.
El fútbol no fue el responsable de que yo comenzara a beber.
Tampoco lo fueron necesariamente mis amigos.
El deporte fue una de las experiencias más positivas de mi juventud.
Me permitió compartir, competir, conocer lugares, mantenerme físicamente activo y construir recuerdos que todavía conservo con cariño.
El fútbol me enseñó el valor del esfuerzo y del trabajo en equipo.
Me enseñó a ganar y a perder.
Por eso no quiero que este episodio se interprete como una crítica a aquellas tardes deportivas.
Al contrario.
Las recuerdo como una etapa extraordinaria.
Lo que hoy cuestiono es la manera en que comenzamos a incorporar el alcohol como una parte aparentemente indispensable de aquella convivencia.
CUANDO LA REPETICIÓN CONSTRUYE COSTUMBRES
Hay hábitos que aparecen de manera evidente.
Pero otros se forman lentamente, casi sin que nos demos cuenta.
Una experiencia se repite.
Después vuelve a repetirse.
Y, con el paso del tiempo, termina formando parte de nuestra rutina.
Eso es lo que hoy puedo identificar en aquellos encuentros futbolísticos.
El partido era semanal.
La convivencia también.
Y el alcohol comenzó a aparecer con frecuencia en esas reuniones.
No puedo afirmar que en aquella etapa ya padeciera dependencia alcohólica.
Pero sí puedo reconocer que estaba desarrollándose una asociación entre diversión, convivencia y consumo de alcohol.
La cerveza comenzó a tener un lugar dentro de nuestras costumbres.
Ya no era aquella primera experiencia con aguardiente Tick Tack, cuando mi garganta rechazó una bebida demasiado fuerte.
Ahora se trataba de cerveza.
Una bebida que incorporábamos a nuestras reuniones sociales.
DE LA EUFORIA DEPORTIVA A LA EUFORIA DEL ALCOHOL
Antes de beber, ya experimentábamos una alegría extraordinaria.
La emoción de un gol.
La satisfacción de ganar.
La expectativa de viajar a otro lugar.
La felicidad de estar rodeados de nuestros amigos.
Todo aquello era auténtico.
Pero cuando el alcohol comenzó a formar parte de nuestras reuniones, apareció una segunda experiencia.
La desinhibición que puede producir la bebida.
El deseo de prolongar la celebración.
La facilidad con la que las conversaciones parecían extenderse.
Y la costumbre de continuar consumiendo mientras seguíamos reunidos.
No puedo saber cuánto de nuestra euforia provenía del fútbol y cuánto comenzó a relacionarse con los efectos del alcohol.
Lo que sí puedo reconocer es que ambas experiencias empezaron a mezclarse.
EL DINERO QUE DESAPARECÍA
Hay un detalle que hoy considero revelador.
Muchas veces terminábamos sin dinero.
No porque hubiéramos realizado una inversión importante.
Sino porque las botellas se iban acumulando durante aquellas reuniones.
La prioridad era continuar compartiendo.
Pero hoy me pregunto cuántas veces dejamos que el deseo de seguir bebiendo determinara nuestros gastos.
No llevábamos registros.
No estábamos pensando en presupuestos ni en administración financiera.
Simplemente gastábamos.
Con los años he comprendido que el consumo de alcohol no solamente puede afectar la salud.
También puede afectar la economía, las relaciones familiares, el rendimiento laboral y las decisiones cotidianas.
LA DIFERENCIA ENTRE LA PRIMERA Y LA SEGUNDA ETAPA
Cuando comparo este episodio con mi primera experiencia con el aguardiente, encuentro una diferencia importante.
La primera vez fue una experiencia marcada por la curiosidad y el rechazo físico.
Recuerdo claramente que aquel aguardiente Tick Tack resultó demasiado fuerte para nuestras gargantas.
Pero durante esta segunda etapa, el alcohol empezó a aparecer en un contexto completamente diferente.
Ahora estaba relacionado con algo que realmente disfrutábamos.
El fútbol.
La amistad.
Los viajes.
Las conversaciones.
Las bromas.
Las victorias y las derrotas.
En lugar de recordar únicamente el ardor desagradable de aquella primera experiencia, ahora encontraba la bebida asociada con recuerdos agradables y momentos de convivencia.
AQUELLOS AMIGOS Y LOS AÑOS QUE NO REGRESAN
Cuando recuerdo a mis compañeros de fútbol, no siento resentimiento.
Siento nostalgia.
Fueron parte de una época irrepetible.
Compartimos partidos, viajes, conversaciones, risas y experiencias que formaron parte de nuestra juventud.
Seguramente cada uno tomó después su propio camino.
Hoy me gustaría volver a encontrarme con aquellos jóvenes, aunque solamente fuera por un momento.
No necesariamente para beber una cerveza.
Sino para conversar.
Para recordar aquel camión incómodo en el que viajábamos.
Para revivir los partidos en Apopa, Guazapa, Nejapa y Quezaltepeque.
Para reírnos nuevamente de las jugadas absurdas que todavía podrían aparecer en nuestra memoria.
SI PUDIERA REGRESAR A UNO DE AQUELLOS PARTIDOS
A veces imagino cómo sería regresar a uno de aquellos encuentros.
Volver a tener diecisiete años.
Subirme nuevamente a aquel camión junto a mis amigos.
Escuchar las conversaciones, las bromas y los comentarios sobre el partido que íbamos a disputar.
Llegar a una cancha de algún lugar de la región.
Sentir la emoción de entrar al terreno de juego.
Correr detrás de la pelota.
Intentar anotar un gol.
Celebrar una victoria o aceptar una derrota.
Y después regresar a la colonia para conversar sobre lo sucedido.
Si pudiera vivir nuevamente aquella experiencia, conservaría muchas cosas.
Conservaría la amistad.
Conservaría el fútbol.
Conservaría la alegría de los viajes.
Conservaría las bromas y las conversaciones.
Pero cambiaría algo.
No necesitaría llevar alcohol para prolongar la felicidad.
Preferiría refrescarme con agua después del esfuerzo físico.
Disfrutaría las mismas conversaciones sin dejar que el consumo de cerveza se convirtiera en una costumbre.
EL PRINCIPIO DE UNA RELACIÓN DIFERENTE CON EL ALCOHOL
Este segundo episodio representa una transición dentro de mi historia.
En el primero conocí el alcohol por curiosidad.
En el segundo comencé a consumirlo dentro de una dinámica social que se repetía.
No recuerdo que existiera una decisión consciente de convertir la bebida en parte de nuestra vida.
Simplemente sucedió.
Primero el partido.
Después la cerveza.
Luego las botellas para el camino.
Más tarde las reuniones en la colonia.
Y finalmente aquellas conversaciones que podían prolongarse hasta altas horas de la madrugada.
La secuencia parecía natural.
Pero hoy, al reconstruirla, puedo observarla desde otra perspectiva.
El alcohol había comenzado a ocupar un espacio dentro de actividades que antes disfrutábamos sin necesidad de beber.
CONCLUSIÓN: EL PARTIDO TERMINABA, PERO LAS BOTELLAS CONTINUABAN
Han pasado más de cuarenta años desde aquellas jornadas de fútbol.
Todavía recuerdo la emoción de reunirnos para viajar a distintos lugares.
Recuerdo los camiones incómodos.
Las bromas durante el trayecto.
Las canchas donde nos enfrentábamos a otros equipos.
Los goles que celebrábamos como si hubiéramos ganado una copa mundial.
Las equivocaciones que después se convertían en motivo de risas.
Y aquellas largas conversaciones en la colonia San José de las Flores.
Pero también recuerdo las cervezas.
La Pilsener bien helada después del partido.
Las botellas que comprábamos para el regreso.
Las reuniones que se prolongaban hasta la madrugada.
Y el dinero que terminábamos gastando mientras seguíamos comentando las jugadas.
Hoy puedo mirar esa etapa con nostalgia, pero también con responsabilidad.
Porque aquellas tardes de fútbol fueron hermosas.
Y no quiero que el alcohol se lleve el mérito de la felicidad que verdaderamente nos proporcionaban la amistad, el deporte y nuestra juventud.
No eran las cervezas las que nos hacían futbolistas.
No eran las botellas las que convertían nuestros partidos en hazañas.
No era el alcohol el que construía nuestras amistades.
Era nuestra juventud.
Era nuestra pasión.
Era la alegría de estar vivos.
Hoy, al reconstruir mi historia, puedo reconocer que aquella costumbre de beber después de los partidos fue uno de los primeros pasos de una relación con el alcohol que después tendría consecuencias importantes en mi vida.
Pero también comprendo que mi pasado no determina inevitablemente mi futuro.
Y esa oportunidad de aprender de mis experiencias es una de las razones por las que sigo contando mi historia.
