MI ALCOHOLISMO Y YO

EPISODIO 2
LA EUFORIA DEL FÚTBOL

Entre goles, amistades, camiones y las primeras cervezas
SAN JOSÉ DE LAS FLORES · TONACATEPEQUE
PRIMERA MITAD DE LOS AÑOS 80
EDAD: 16 Y 17 AÑOS
30 DE OCTUBRE DE 2026

CUANDO EL FÚTBOL ERA NUESTRA MAYOR FELICIDAD

Hay épocas de la vida que uno quisiera guardar para siempre. No necesariamente porque hayan sido perfectas, sino porque estuvieron llenas de momentos que jamás volverán a repetirse de la misma manera.

Después de tantos años, cuando regreso con mis recuerdos a la colonia San José de las Flores, en Tonacatepeque, vuelvo a encontrarme con aquel joven que alguna vez fui.

Un muchacho de dieciséis o diecisiete años, lleno de energía, con pocas preocupaciones y con una pasión que compartía con muchos amigos: el fútbol.

Para nosotros, el fútbol no era simplemente un deporte.

Era una razón para reunirnos, una oportunidad para salir de la colonia, conocer otros lugares y sentir que pertenecíamos a algo importante.

No éramos futbolistas profesionales. Tampoco teníamos contratos ni grandes instalaciones deportivas.

Pero había algo que nos sobraba: entusiasmo.

Cada encuentro era una final. Cada gol era una hazaña. Cada jugada podía convertirse en el tema de conversación de toda la semana.

"Éramos las estrellas de nuestro propio campeonato."
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LOS VIAJES QUE HOY RECUERDO CON NOSTALGIA

Nuestros partidos nos llevaban a diferentes lugares de la región.

Recuerdo nuestras visitas a Apopa, Guazapa, Nejapa, Quezaltepeque y otros sitios donde encontrábamos equipos dispuestos a enfrentarse con nosotros.

Aquellas salidas eran verdaderas expediciones.

No contábamos con un autobús cómodo, aire acondicionado ni asientos acolchonados.

Muchas veces nos transportábamos en un camión, en condiciones que hoy describiría como un transporte al estilo de los que se utilizaban para llevar ganado.

Íbamos todos juntos, acomodándonos como podíamos.

La comodidad era lo de menos.

Lo importante era llegar al lugar donde se realizaría el partido.

El viaje podía resultar cansado e incómodo, pero nosotros lo convertíamos en parte de la diversión.

Entre bromas, risas y conversaciones, el tiempo parecía pasar rápidamente.

Siempre había alguien dispuesto a contar un chiste, recordar alguna travesura o comenzar una discusión sobre quién era el mejor jugador del equipo.

Éramos jóvenes y cuando uno es joven, la incomodidad puede convertirse en aventura si se encuentra acompañado de sus amigos.

"Éramos ricos en amistad, aunque muchas veces lleváramos muy poco dinero en los bolsillos."

PARTIDOS QUE PARA NOSOTROS ERAN ÉPICOS

Cada encuentro tenía su propia historia.

Había partidos difíciles, otros emocionantes y algunos que seguramente preferíamos olvidar por el resultado.

Pero ninguno pasaba inadvertido.

Cuando entrábamos a la cancha, nos transformábamos.

Aparecía la competencia, el orgullo de representar a nuestro grupo y el deseo de demostrar que podíamos jugar mejor que nuestros adversarios.

Cada quien tenía su manera de entender el fútbol.

Estaba quien se consideraba un gran goleador, quien defendía con toda su fuerza, quien organizaba el juego y quien se creía capaz de resolver cualquier situación con una jugada extraordinaria.

Y también estaban los que terminaban protagonizando las situaciones más cómicas del encuentro.

Un buen pase podía generar admiración.

Un gol podía provocar una celebración extraordinaria.

Una oportunidad desperdiciada podía convertirse en motivo de bromas durante varios días.

Nos reíamos de las jugadas, discutíamos las decisiones y comentábamos cada detalle como si hubiéramos participado en un campeonato internacional.

Para nosotros, aquellos partidos eran auténticas hazañas.

EL FINAL DEL PARTIDO Y EL COMIENZO DE OTRA COSTUMBRE

Pero había algo más que comenzó a formar parte de aquellas reuniones.

Algo que en ese momento parecía completamente normal.

Al terminar un partido, o incluso cuando alguno era sustituido y debía abandonar la cancha, aparecía una nueva protagonista de nuestra convivencia.

Una cerveza Pilsener bien helada.

Después del esfuerzo físico, del calor y de correr detrás de la pelota, aquella cerveza se presentaba como una manera de refrescarnos.

No recuerdo el momento exacto en que comenzamos a repetir esa práctica.

Lo que sí recuerdo es que llegó a formar parte de nuestra rutina futbolística.

El partido terminaba.

Y aparecía la cerveza.

En aquel tiempo no analizábamos demasiado lo que estábamos haciendo.

No pensábamos en las consecuencias que podía traer el consumo repetido de alcohol.

Lo asociábamos con el descanso, la celebración y la convivencia.

Si habíamos ganado, había motivos para celebrar.

Si habíamos perdido, también encontrábamos razones para reunirnos y comentar lo sucedido.

"Sin advertirlo, estábamos empezando a relacionar la alegría del fútbol con el consumo de alcohol."

LAS BOTELLAS PARA EL CAMINO

Nuestra convivencia no terminaba cuando el árbitro daba por finalizado el partido.

Todavía quedaba el viaje de regreso.

Y, como si la aventura no pudiera concluir sin prolongar la celebración, comenzamos a comprar más cervezas para el camino.

Regresábamos en aquel mismo camión, con las incomodidades de siempre, pero con nuevas historias que contar.

Si el partido había sido emocionante, el trayecto de regreso podía convertirse en una larga conversación sobre cada jugada.

Todos tenían algo que decir.

El que había anotado un gol encontraba la oportunidad perfecta para recordarlo.

El que había fallado una ocasión importante tenía que soportar las bromas.

Y el que había cometido alguna equivocación extraordinaria podía convertirse en el protagonista involuntario de toda la conversación.

Las risas se multiplicaban.

Los comentarios iban y venían.

Las botellas también.

No pensábamos en cuánto dinero estábamos gastando ni en los riesgos de consumir alcohol siendo menores de edad.

REGRESAR A LA COLONIA NO SIGNIFICABA TERMINAR

Lo más curioso era que regresar a San José de las Flores no significaba necesariamente que la reunión hubiera concluido.

Muchas veces parecía que apenas comenzaba otra etapa de la jornada.

Ya habíamos viajado.

Ya habíamos jugado.

Ya habíamos regresado.

Pero todavía nos quedaban demasiadas cosas por discutir.

Había que analizar el partido.

Y cuando digo analizarlo, me refiero a hacerlo con una seriedad que hoy me provoca una sonrisa.

Nos creíamos entrenadores, comentaristas deportivos y expertos en estrategias futbolísticas.

¿Por qué perdimos?

¿Por qué ganamos?

¿Quién fue el mejor jugador?

¿Quién no rindió lo suficiente?

¿Quién desperdició aquella oportunidad de gol?

¿Quién cometió el error que cambió el resultado?

Cada jugada podía generar una discusión interminable.

Las bromas, los bloopers y las payasadas formaban parte de la noche.

Y las horas continuaban pasando.

LAS NOCHES QUE SE EXTENDÍAN HASTA LA MADRUGADA

Sin darnos cuenta, aquellas reuniones podían prolongarse hasta altas horas de la madrugada.

Las conversaciones parecían no tener final.

Siempre aparecía una nueva jugada que comentar, una anécdota que recordar o una broma que provocaba otra ronda de risas.

Y mientras las palabras se acumulaban, también lo hacían las botellas vacías.

Las cervezas iban transcurriendo una tras otra.

No recuerdo que lleváramos un control preciso de cuánto consumíamos.

Lo importante para nosotros era continuar reunidos.

Con frecuencia terminábamos gastando el dinero que llevábamos.

El poco dinero que teníamos desaparecía durante aquellas jornadas de fútbol y convivencia.

Éramos jóvenes de dieciséis o diecisiete años.

Nos importaba vivir el momento.

La semana siguiente habría otro partido, otra aventura y seguramente nuevas razones para volver a reunirnos.

"El alcohol comenzó a parecerme normal porque estaba rodeado de amistad, fútbol, bromas y alegría."

EL FÚTBOL NO ERA EL PROBLEMA

Quiero detenerme en una reflexión que considero importante.

El fútbol no fue el responsable de que yo comenzara a beber.

Tampoco lo fueron necesariamente mis amigos.

El deporte fue una de las experiencias más positivas de mi juventud.

Me permitió compartir, competir, conocer lugares, mantenerme físicamente activo y construir recuerdos que todavía conservo con cariño.

El fútbol me enseñó el valor del esfuerzo y del trabajo en equipo.

Me enseñó a ganar y a perder.

Por eso no quiero que este episodio se interprete como una crítica a aquellas tardes deportivas.

Al contrario.

Las recuerdo como una etapa extraordinaria.

Lo que hoy cuestiono es la manera en que comenzamos a incorporar el alcohol como una parte aparentemente indispensable de aquella convivencia.

CUANDO LA REPETICIÓN CONSTRUYE COSTUMBRES

Hay hábitos que aparecen de manera evidente.

Pero otros se forman lentamente, casi sin que nos demos cuenta.

Una experiencia se repite.

Después vuelve a repetirse.

Y, con el paso del tiempo, termina formando parte de nuestra rutina.

Eso es lo que hoy puedo identificar en aquellos encuentros futbolísticos.

El partido era semanal.

La convivencia también.

Y el alcohol comenzó a aparecer con frecuencia en esas reuniones.

No puedo afirmar que en aquella etapa ya padeciera dependencia alcohólica.

Pero sí puedo reconocer que estaba desarrollándose una asociación entre diversión, convivencia y consumo de alcohol.

La cerveza comenzó a tener un lugar dentro de nuestras costumbres.

Ya no era aquella primera experiencia con aguardiente Tick Tack, cuando mi garganta rechazó una bebida demasiado fuerte.

Ahora se trataba de cerveza.

Una bebida que incorporábamos a nuestras reuniones sociales.

DE LA EUFORIA DEPORTIVA A LA EUFORIA DEL ALCOHOL

Antes de beber, ya experimentábamos una alegría extraordinaria.

La emoción de un gol.

La satisfacción de ganar.

La expectativa de viajar a otro lugar.

La felicidad de estar rodeados de nuestros amigos.

Todo aquello era auténtico.

Pero cuando el alcohol comenzó a formar parte de nuestras reuniones, apareció una segunda experiencia.

La desinhibición que puede producir la bebida.

El deseo de prolongar la celebración.

La facilidad con la que las conversaciones parecían extenderse.

Y la costumbre de continuar consumiendo mientras seguíamos reunidos.

No puedo saber cuánto de nuestra euforia provenía del fútbol y cuánto comenzó a relacionarse con los efectos del alcohol.

Lo que sí puedo reconocer es que ambas experiencias empezaron a mezclarse.

"El fútbol era nuestra pasión; la cerveza se estaba convirtiendo en una acompañante habitual."

EL DINERO QUE DESAPARECÍA

Hay un detalle que hoy considero revelador.

Muchas veces terminábamos sin dinero.

No porque hubiéramos realizado una inversión importante.

Sino porque las botellas se iban acumulando durante aquellas reuniones.

La prioridad era continuar compartiendo.

Pero hoy me pregunto cuántas veces dejamos que el deseo de seguir bebiendo determinara nuestros gastos.

No llevábamos registros.

No estábamos pensando en presupuestos ni en administración financiera.

Simplemente gastábamos.

Con los años he comprendido que el consumo de alcohol no solamente puede afectar la salud.

También puede afectar la economía, las relaciones familiares, el rendimiento laboral y las decisiones cotidianas.

LA DIFERENCIA ENTRE LA PRIMERA Y LA SEGUNDA ETAPA

Cuando comparo este episodio con mi primera experiencia con el aguardiente, encuentro una diferencia importante.

La primera vez fue una experiencia marcada por la curiosidad y el rechazo físico.

Recuerdo claramente que aquel aguardiente Tick Tack resultó demasiado fuerte para nuestras gargantas.

Pero durante esta segunda etapa, el alcohol empezó a aparecer en un contexto completamente diferente.

Ahora estaba relacionado con algo que realmente disfrutábamos.

El fútbol.

La amistad.

Los viajes.

Las conversaciones.

Las bromas.

Las victorias y las derrotas.

En lugar de recordar únicamente el ardor desagradable de aquella primera experiencia, ahora encontraba la bebida asociada con recuerdos agradables y momentos de convivencia.

AQUELLOS AMIGOS Y LOS AÑOS QUE NO REGRESAN

Cuando recuerdo a mis compañeros de fútbol, no siento resentimiento.

Siento nostalgia.

Fueron parte de una época irrepetible.

Compartimos partidos, viajes, conversaciones, risas y experiencias que formaron parte de nuestra juventud.

Seguramente cada uno tomó después su propio camino.

Hoy me gustaría volver a encontrarme con aquellos jóvenes, aunque solamente fuera por un momento.

No necesariamente para beber una cerveza.

Sino para conversar.

Para recordar aquel camión incómodo en el que viajábamos.

Para revivir los partidos en Apopa, Guazapa, Nejapa y Quezaltepeque.

Para reírnos nuevamente de las jugadas absurdas que todavía podrían aparecer en nuestra memoria.

"Lo verdaderamente valioso de aquellas reuniones nunca estuvo dentro de las botellas. Estuvo en las personas que nos acompañaban."

SI PUDIERA REGRESAR A UNO DE AQUELLOS PARTIDOS

A veces imagino cómo sería regresar a uno de aquellos encuentros.

Volver a tener diecisiete años.

Subirme nuevamente a aquel camión junto a mis amigos.

Escuchar las conversaciones, las bromas y los comentarios sobre el partido que íbamos a disputar.

Llegar a una cancha de algún lugar de la región.

Sentir la emoción de entrar al terreno de juego.

Correr detrás de la pelota.

Intentar anotar un gol.

Celebrar una victoria o aceptar una derrota.

Y después regresar a la colonia para conversar sobre lo sucedido.

Si pudiera vivir nuevamente aquella experiencia, conservaría muchas cosas.

Conservaría la amistad.

Conservaría el fútbol.

Conservaría la alegría de los viajes.

Conservaría las bromas y las conversaciones.

Pero cambiaría algo.

No necesitaría llevar alcohol para prolongar la felicidad.

Preferiría refrescarme con agua después del esfuerzo físico.

Disfrutaría las mismas conversaciones sin dejar que el consumo de cerveza se convirtiera en una costumbre.

EL PRINCIPIO DE UNA RELACIÓN DIFERENTE CON EL ALCOHOL

Este segundo episodio representa una transición dentro de mi historia.

En el primero conocí el alcohol por curiosidad.

En el segundo comencé a consumirlo dentro de una dinámica social que se repetía.

No recuerdo que existiera una decisión consciente de convertir la bebida en parte de nuestra vida.

Simplemente sucedió.

Primero el partido.

Después la cerveza.

Luego las botellas para el camino.

Más tarde las reuniones en la colonia.

Y finalmente aquellas conversaciones que podían prolongarse hasta altas horas de la madrugada.

La secuencia parecía natural.

Pero hoy, al reconstruirla, puedo observarla desde otra perspectiva.

El alcohol había comenzado a ocupar un espacio dentro de actividades que antes disfrutábamos sin necesidad de beber.

CONCLUSIÓN: EL PARTIDO TERMINABA, PERO LAS BOTELLAS CONTINUABAN

Han pasado más de cuarenta años desde aquellas jornadas de fútbol.

Todavía recuerdo la emoción de reunirnos para viajar a distintos lugares.

Recuerdo los camiones incómodos.

Las bromas durante el trayecto.

Las canchas donde nos enfrentábamos a otros equipos.

Los goles que celebrábamos como si hubiéramos ganado una copa mundial.

Las equivocaciones que después se convertían en motivo de risas.

Y aquellas largas conversaciones en la colonia San José de las Flores.

Pero también recuerdo las cervezas.

La Pilsener bien helada después del partido.

Las botellas que comprábamos para el regreso.

Las reuniones que se prolongaban hasta la madrugada.

Y el dinero que terminábamos gastando mientras seguíamos comentando las jugadas.

Hoy puedo mirar esa etapa con nostalgia, pero también con responsabilidad.

Porque aquellas tardes de fútbol fueron hermosas.

Y no quiero que el alcohol se lleve el mérito de la felicidad que verdaderamente nos proporcionaban la amistad, el deporte y nuestra juventud.

No eran las cervezas las que nos hacían futbolistas.

No eran las botellas las que convertían nuestros partidos en hazañas.

No era el alcohol el que construía nuestras amistades.

Era nuestra juventud.

Era nuestra pasión.

Era la alegría de estar vivos.

"A veces comenzamos a beber para acompañar momentos felices, sin darnos cuenta de que la felicidad ya estaba allí antes de abrir la primera botella."

Hoy, al reconstruir mi historia, puedo reconocer que aquella costumbre de beber después de los partidos fue uno de los primeros pasos de una relación con el alcohol que después tendría consecuencias importantes en mi vida.

Pero también comprendo que mi pasado no determina inevitablemente mi futuro.

Y esa oportunidad de aprender de mis experiencias es una de las razones por las que sigo contando mi historia.

"EL FÚTBOL NOS DABA LA ALEGRÍA. LA AMISTAD NOS DABA LOS RECUERDOS. EL ALCOHOL COMENZÓ A CONVERTIRSE EN UNA COSTUMBRE."
CONTINUARÁ...

MI ALCOHOLISMO Y YO

EPISODIO 2 — LA EUFORIA DEL FÚTBOL

Testimonio autobiográfico

El Salvador · 30 de octubre de 2026

MI ALCOHOLISMO Y YO

EPISODIO 1
AQUELLA NOCHE EN QUE
CONOCÍ EL ALCOHOL

Los primeros pasos de una historia que jamás imaginé vivir.
SAN JOSÉ DE LAS FLORES · TONACATEPEQUE
PRINCIPIOS DE LOS AÑOS 80
30 DE OCTUBRE DE 2026

CUANDO TODO ERA INOCENCIA

Hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar. Permanecen escondidos en algún rincón de nuestra memoria y, de repente, muchos años después, regresan con una claridad sorprendente.

Mi primer encuentro con el alcohol pertenece a esa clase de recuerdos.

Ocurrió a principios de la década de 1980, cuando yo era apenas un adolescente y vivía en la colonia San José de las Flores, en Tonacatepeque, El Salvador.

Tendría entre trece y dieciséis años. Era una edad en la que uno cree conocer el mundo, aunque apenas está comenzando a descubrirlo.

Nuestro mundo estaba formado por los amigos, la escuela, las calles de la colonia, los partidos de fútbol y aquellas pequeñas aventuras que llamábamos simplemente vagancia.

Éramos muchachos inquietos. Nos gustaba jugar, correr, reírnos y pasar el tiempo juntos.

No necesitábamos demasiado dinero para divertirnos. Muchas veces bastaba una pelota y un grupo de amigos.

"La vida tenía una sencillez que hoy recuerdo con nostalgia."
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SAÚL, MI AMIGO DEL ALMA

Entre aquellos compañeros había uno muy especial. Se llamaba Saúl.

Saúl era mi amigo del alma.

Curiosamente, después de tantos años, no consigo recordar su apellido. Pero recuerdo su nombre y, sobre todo, lo que representó en aquella etapa de mi vida.

Fuimos compañeros de juegos, de fútbol, de escuela y de muchas aventuras propias de nuestra edad.

Éramos de esos amigos que podían pasar horas juntos sin aburrirse.

Cuando uno es niño, las amistades se construyen de una manera muy natural.

No importan los títulos académicos, el dinero ni la posición social.

Lo importante es tener con quién jugar, con quién reírse y con quién compartir los pequeños descubrimientos de la vida.

LA CURIOSIDAD DE QUERER SER GRANDES

En aquellos años observábamos muchas cosas que todavía no comprendíamos.

Una de ellas era el comportamiento de las personas adultas cuando consumían bebidas alcohólicas.

Veíamos a algunos hombres reunidos, conversando, riéndose y aparentemente disfrutando de momentos de gran alegría.

Desde nuestra mirada de adolescentes, aquello despertaba curiosidad.

Nos preguntábamos qué tendría de especial aquella bebida para que las personas parecieran divertirse tanto.

Nosotros solamente veíamos una parte de la historia.

No comprendíamos lo que podía existir detrás de aquellas escenas.

No sabíamos que el alcohol también podía estar relacionado con discusiones, accidentes, enfermedades, sufrimiento familiar y dependencia.

"¿Qué se sentirá tomar aguardiente?"

No recuerdo quién tuvo primero la idea. Tampoco recuerdo todas las palabras que intercambiamos.

Lo que sí recuerdo es que, impulsados por aquella curiosidad, decidimos probarlo.

No estábamos buscando convertirnos en alcohólicos.

Ni siquiera comprendíamos realmente lo que significaba esa palabra.

UNA NOCHE EN SAN JOSÉ DE LAS FLORES

Era de noche.

Corrían los primeros años de la década de 1980.

El escenario era nuestra colonia San José de las Flores, en Tonacatepeque.

No puedo reconstruir cada detalle de aquella noche.

Pero sí puedo recordar lo esencial.

Éramos adolescentes. Estábamos juntos. Y teníamos frente a nosotros una bebida que hasta entonces solamente habíamos observado consumir a otras personas.

Se trataba de un aguardiente conocido como Tick Tack, un nombre que recuerdo de aquella época.

No era una bebida sofisticada.

Era aguardiente.

Y nosotros no teníamos ninguna experiencia con su sabor ni con la sensación que podía producir al beberlo.

EL PRIMER TRAGO

Hay experiencias que uno imagina de una manera y que, al vivirlas, resultan completamente diferentes.

Eso fue exactamente lo que me sucedió.

Hasta entonces había relacionado el consumo de alcohol con las expresiones de alegría que observaba en algunas personas.

Pero cuando el aguardiente tocó mi boca y mi garganta, descubrí una realidad muy distinta.

"Era demasiado fuerte. Sentí una quemazón intensa al pasar por mi garganta."

No estaba acostumbrado a una bebida semejante.

Aquello no tenía nada que ver con el sabor de las bebidas que normalmente consumíamos siendo niños.

Era una sensación desagradable, difícil de soportar.

Mi garganta parecía rechazar aquel líquido.

No encontré en ese primer contacto nada de la alegría que había imaginado.

Lo que sentí fue ardor, incomodidad y sorpresa.

Saúl tampoco pudo soportarlo.

Éramos dos muchachos que habíamos querido descubrir el secreto de los adultos.

Y terminamos encontrándonos con una bebida demasiado fuerte para nosotros.

Aquella fue mi primera experiencia con el alcohol.

LO QUE NO COMPRENDÍAMOS

Ahora, después de tantos años, puedo observar aquella escena desde una perspectiva completamente diferente.

Entonces era un muchacho.

Hoy soy un hombre que ha vivido muchas experiencias, algunas felices y otras profundamente dolorosas.

He conocido el trabajo, las responsabilidades, las preocupaciones, los éxitos, las pérdidas y las dificultades.

También he conocido una de las luchas más complejas de mi vida: mi relación con el alcohol.

¿Cómo podía imaginar aquel adolescente que algún día tendría que reflexionar tan profundamente sobre el alcoholismo?

¿Cómo iba a saber que una sustancia que en ese momento le parecía insoportable llegaría a ocupar un lugar tan importante en su historia?

No lo sabía.

Ninguno de nosotros lo sabía.

Pero haber probado alcohol por primera vez no significa que una persona esté destinada a desarrollar alcoholismo.

La dependencia es un problema complejo en el que intervienen diversos factores.

No puedo afirmar que aquella noche determinó mi futuro.

Lo que sí puedo decir es que marcó mi primer contacto con una sustancia cuya verdadera dimensión desconocía.

SI PUDIERA HABLAR CON AQUEL MUCHACHO

A veces imagino lo que sería encontrarme nuevamente con aquel adolescente.

Verlo frente a mí, con sus trece, catorce, quince o dieciséis años.

Un muchacho lleno de energía, acompañado de sus amigos, pensando solamente en divertirse y descubrir el mundo.

Me gustaría conversar con él.

No para asustarlo.

Tampoco para reprocharle lo que hizo.

Simplemente para explicarle algunas cosas que la vida me ha enseñado.

Le diría que no necesita beber para demostrar que está creciendo.

Que la verdadera madurez no consiste en imitar todo lo que hacen los adultos.

Que cuide su salud.

Que valore su juventud.

Que disfrute los partidos de fútbol, la escuela y las amistades sinceras.

"La verdadera libertad consiste en poder decidir sin estar dominado por una necesidad."

SAÚL Y LOS RECUERDOS QUE PERMANECEN

Mientras escribo estas líneas, vuelve a mi memoria el nombre de Saúl.

Mi amigo del alma.

Mi compañero de juegos, de escuela, de fútbol y de vagancia.

Me resulta curioso que pueda recordar su nombre con tanto cariño y, sin embargo, haya olvidado su apellido.

Así funciona la memoria.

A veces desaparecen los datos, pero permanecen los sentimientos.

No sé dónde estará Saúl actualmente.

No sé cómo habrá sido su vida ni qué caminos habrá recorrido.

Pero cuando pienso en aquella época, su recuerdo aparece inevitablemente.

Y quiero dejar algo muy claro: Saúl forma parte de esta historia porque fue mi amigo y compartimos aquella experiencia.

No porque lo considere responsable de mis decisiones posteriores.

ESCRIBIR PARA COMPRENDER Y SANAR

Hoy comprendo que contar esta historia tiene un propósito.

No se trata solamente de recordar el pasado.

Se trata de observarlo con una conciencia que antes no tenía.

Escribir sobre mi alcoholismo significa reconocer una realidad que no siempre resulta fácil aceptar.

Significa mirar mis decisiones sin esconderlas.

Reconocer mis equivocaciones sin destruir mi dignidad.

Y aceptar que, aunque no puedo cambiar lo ocurrido, todavía puedo tomar decisiones sobre mi presente y mi futuro.

No quiero que esta narración sea una colección de derrotas.

Quiero que sea también un testimonio de aprendizaje, responsabilidad y esperanza.

CONCLUSIÓN: NO ERA MI DESTINO

Aquella noche, en la colonia San José de las Flores, Tonacatepeque, a principios de la década de 1980, probé por primera vez el aguardiente Tick Tack.

Estaba acompañado por Saúl, mi amigo del alma.

Éramos adolescentes.

Teníamos curiosidad por conocer aquello que parecía producir tanta alegría en los adultos.

Pero cuando lo probamos, descubrimos que era demasiado fuerte para nuestras gargantas.

No lo soportamos.

Y aquella experiencia quedó guardada entre los recuerdos de nuestra juventud.

Jamás habría imaginado entonces que muchos años después estaría escribiendo sobre mi propia lucha con el alcohol.

Hoy no escribo estas palabras con vergüenza.

Las escribo con la intención de comprender.

"Aquella noche conocí el sabor del alcohol. Todavía no conocía sus riesgos. Mucho menos podía imaginar la lucha que enfrentaría años después."

Pero aquella noche no estaba escrito mi destino.

Era solamente un adolescente comenzando a vivir.

Y hoy soy un hombre que ha decidido mirar su pasado, reconocer su historia y seguir buscando una vida en libertad.

MI HISTORIA NO TERMINA CON EL ALCOHOLISMO. MI HISTORIA CONTINÚA CON LA DECISIÓN DE RECUPERAR MI VIDA.
CONTINUARÁ...

MI ALCOHOLISMO Y YO

EPISODIO 1

Relato autobiográfico

30 de octubre de 2026

MI ALCOHOLISMO Y YO · EPISODIO 01 · 30 DE OCTUBRE DE 2026

LOS DOCE PASOS HACIA UNA NUEVA VIDA

Un camino de honestidad, recuperación, esperanza y transformación espiritual.

El alcoholismo puede comenzar silenciosamente: una bebida para relajarse, escapar de los problemas o aliviar la soledad. Reconocer que el consumo ha dejado de estar bajo nuestro control puede ser el comienzo de una nueva vida.

«No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos comenzar a construir un futuro diferente».

Los doce pasos, compartidos en sus respectivas versiones por Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos, proponen una práctica de autoconocimiento, apoyo mutuo, responsabilidad y espiritualidad. Este artículo presenta una explicación resumida y adaptada, no una transcripción oficial.

CONOZCA LOS DOCE PASOS

Pulse cada paso para descubrir su reflexión.

1 Admitir que necesitamos ayuda

Reconocer que hemos perdido el control ante la adicción y que nuestra vida se ha vuelto difícil de manejar es el primer acto de honestidad.

Reflexión: ¿En qué momentos el alcohol decidió por mí?

2 Recuperar la esperanza

Abrirnos a recibir ayuda de un Poder Superior, según nuestras creencias, y recuperar el equilibrio personal.

3 Aprender a confiar

Decidir poner nuestra voluntad y nuestra vida al cuidado de Dios, como cada persona lo conciba, sin abandonar nuestras responsabilidades.

4 Examinar nuestra vida

Realizar un inventario moral honesto de nuestras conductas, resentimientos, temores y decisiones, sin convertirlo en un castigo personal.

5 Hablar con honestidad

Reconocer nuestros errores ante Dios, ante nosotros mismos y ante otra persona de confianza puede ayudarnos a romper el aislamiento.

6 Estar dispuestos a cambiar

Prepararnos para abandonar patrones de conducta y defectos de carácter que dañan nuestro bienestar y nuestras relaciones.

7 Practicar la humildad

Pedir humildemente ayuda para superar nuestros defectos y reconocer que crecer es un proceso continuo.

8 Reconocer a quienes hemos lastimado

Identificar a las personas afectadas por nuestras acciones y desarrollar la disposición a reparar el daño causado.

9 Reparar el daño cuando sea posible

Realizar reparaciones directas cuando sea apropiado, evitando causar más perjuicio a otras personas.

10 Revisar nuestras decisiones cada día

Mantener un inventario personal y admitir nuestros errores tan pronto como los reconocemos.

11 Fortalecer la vida espiritual

Buscar mediante la oración y la meditación una mayor conexión espiritual, serenidad y fortaleza para actuar conforme a nuestros valores.

12 Compartir la esperanza

Llevar el mensaje de recuperación a otras personas que sufren y practicar estos principios en nuestra vida cotidiana.

SOLO POR HOY

  • Elegiré no beber.
  • Cuidaré mi salud y pediré apoyo.
  • Buscaré tranquilidad en lugar de conflictos.
  • Reconoceré que mi vida tiene valor.
  • Daré un paso más hacia mi recuperación.

REFLEXIÓN ESPIRITUAL

ISAÍAS 40:31

«Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán».

La recuperación no consiste en borrar nuestro pasado, sino en construir una vida distinta mediante decisiones diarias, apoyo y esperanza.

PRÓXIMO EPISODIO:
El primer paso: cuando reconocí que el alcohol estaba controlando mi vida.

MI ALCOHOLISMO Y YO
Episodio 1 · Una historia de lucha, fe, esperanza y recuperación.
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