LOS VIAJES QUE HOY RECUERDO CON NOSTALGIA
Nuestros partidos nos llevaban
a diferentes lugares de la región.
Recuerdo nuestras visitas a Apopa,
Guazapa, Nejapa, Quezaltepeque y otros
sitios donde encontrábamos equipos
dispuestos a enfrentarse con nosotros.
Aquellas salidas eran verdaderas
expediciones.
No contábamos con un autobús cómodo,
aire acondicionado ni asientos
acolchonados.
Muchas veces nos transportábamos
en un camión, en condiciones que hoy
describiría como un transporte al
estilo de los que se utilizaban
para llevar ganado.
Íbamos todos juntos, acomodándonos
como podíamos.
La comodidad era lo de menos.
Lo importante era llegar al lugar
donde se realizaría el partido.
El viaje podía resultar cansado
e incómodo, pero nosotros lo
convertíamos en parte de la diversión.
Entre bromas, risas y conversaciones,
el tiempo parecía pasar rápidamente.
Siempre había alguien dispuesto
a contar un chiste, recordar alguna
travesura o comenzar una discusión
sobre quién era el mejor jugador
del equipo.
Éramos jóvenes y cuando uno es joven,
la incomodidad puede convertirse
en aventura si se encuentra
acompañado de sus amigos.
"Éramos ricos en amistad,
aunque muchas veces lleváramos
muy poco dinero en los bolsillos."
PARTIDOS QUE PARA NOSOTROS ERAN ÉPICOS
Cada encuentro tenía su propia historia.
Había partidos difíciles, otros
emocionantes y algunos que seguramente
preferíamos olvidar por el resultado.
Pero ninguno pasaba inadvertido.
Cuando entrábamos a la cancha,
nos transformábamos.
Aparecía la competencia, el orgullo
de representar a nuestro grupo y el
deseo de demostrar que podíamos jugar
mejor que nuestros adversarios.
Cada quien tenía su manera
de entender el fútbol.
Estaba quien se consideraba un gran
goleador, quien defendía con toda
su fuerza, quien organizaba el juego
y quien se creía capaz de resolver
cualquier situación con una jugada
extraordinaria.
Y también estaban los que terminaban
protagonizando las situaciones más
cómicas del encuentro.
Un buen pase podía generar admiración.
Un gol podía provocar una celebración
extraordinaria.
Una oportunidad desperdiciada podía
convertirse en motivo de bromas
durante varios días.
Nos reíamos de las jugadas,
discutíamos las decisiones
y comentábamos cada detalle
como si hubiéramos participado
en un campeonato internacional.
Para nosotros, aquellos partidos
eran auténticas hazañas.
EL FINAL DEL PARTIDO Y EL COMIENZO DE OTRA COSTUMBRE
Pero había algo más que comenzó
a formar parte de aquellas reuniones.
Algo que en ese momento parecía
completamente normal.
Al terminar un partido, o incluso
cuando alguno era sustituido y debía
abandonar la cancha, aparecía una nueva
protagonista de nuestra convivencia.
Una cerveza Pilsener bien helada.
Después del esfuerzo físico, del calor
y de correr detrás de la pelota, aquella
cerveza se presentaba como una manera
de refrescarnos.
No recuerdo el momento exacto
en que comenzamos a repetir
esa práctica.
Lo que sí recuerdo es que llegó
a formar parte de nuestra rutina
futbolística.
El partido terminaba.
Y aparecía la cerveza.
En aquel tiempo no analizábamos
demasiado lo que estábamos haciendo.
No pensábamos en las consecuencias
que podía traer el consumo repetido
de alcohol.
Lo asociábamos con el descanso,
la celebración y la convivencia.
Si habíamos ganado, había motivos
para celebrar.
Si habíamos perdido, también
encontrábamos razones para reunirnos
y comentar lo sucedido.
"Sin advertirlo, estábamos empezando
a relacionar la alegría del fútbol
con el consumo de alcohol."
LAS BOTELLAS PARA EL CAMINO
Nuestra convivencia no terminaba
cuando el árbitro daba por finalizado
el partido.
Todavía quedaba el viaje de regreso.
Y, como si la aventura no pudiera
concluir sin prolongar la celebración,
comenzamos a comprar más cervezas
para el camino.
Regresábamos en aquel mismo camión,
con las incomodidades de siempre,
pero con nuevas historias que contar.
Si el partido había sido emocionante,
el trayecto de regreso podía convertirse
en una larga conversación
sobre cada jugada.
Todos tenían algo que decir.
El que había anotado un gol encontraba
la oportunidad perfecta para recordarlo.
El que había fallado una ocasión
importante tenía que soportar
las bromas.
Y el que había cometido alguna
equivocación extraordinaria podía
convertirse en el protagonista
involuntario de toda la conversación.
Las risas se multiplicaban.
Los comentarios iban y venían.
Las botellas también.
No pensábamos en cuánto dinero
estábamos gastando ni en los riesgos
de consumir alcohol siendo menores
de edad.
REGRESAR A LA COLONIA NO SIGNIFICABA TERMINAR
Lo más curioso era que regresar
a San José de las Flores no significaba
necesariamente que la reunión
hubiera concluido.
Muchas veces parecía que apenas
comenzaba otra etapa de la jornada.
Ya habíamos viajado.
Ya habíamos jugado.
Ya habíamos regresado.
Pero todavía nos quedaban demasiadas
cosas por discutir.
Había que analizar el partido.
Y cuando digo analizarlo, me refiero
a hacerlo con una seriedad que hoy
me provoca una sonrisa.
Nos creíamos entrenadores,
comentaristas deportivos y expertos
en estrategias futbolísticas.
¿Por qué perdimos?
¿Por qué ganamos?
¿Quién fue el mejor jugador?
¿Quién no rindió lo suficiente?
¿Quién desperdició aquella
oportunidad de gol?
¿Quién cometió el error
que cambió el resultado?
Cada jugada podía generar
una discusión interminable.
Las bromas, los bloopers y las
payasadas formaban parte de la noche.
Y las horas continuaban pasando.
LAS NOCHES QUE SE EXTENDÍAN HASTA LA MADRUGADA
Sin darnos cuenta, aquellas reuniones
podían prolongarse hasta altas horas
de la madrugada.
Las conversaciones parecían
no tener final.
Siempre aparecía una nueva jugada
que comentar, una anécdota que recordar
o una broma que provocaba
otra ronda de risas.
Y mientras las palabras se acumulaban,
también lo hacían las botellas vacías.
Las cervezas iban transcurriendo
una tras otra.
No recuerdo que lleváramos
un control preciso de cuánto consumíamos.
Lo importante para nosotros
era continuar reunidos.
Con frecuencia terminábamos
gastando el dinero que llevábamos.
El poco dinero que teníamos desaparecía
durante aquellas jornadas
de fútbol y convivencia.
Éramos jóvenes de dieciséis
o diecisiete años.
Nos importaba vivir el momento.
La semana siguiente habría otro partido,
otra aventura y seguramente nuevas
razones para volver a reunirnos.
"El alcohol comenzó a parecerme normal
porque estaba rodeado de amistad,
fútbol, bromas y alegría."
EL FÚTBOL NO ERA EL PROBLEMA
Quiero detenerme en una reflexión
que considero importante.
El fútbol no fue el responsable
de que yo comenzara a beber.
Tampoco lo fueron necesariamente
mis amigos.
El deporte fue una de las experiencias
más positivas de mi juventud.
Me permitió compartir, competir,
conocer lugares, mantenerme físicamente
activo y construir recuerdos
que todavía conservo con cariño.
El fútbol me enseñó el valor
del esfuerzo y del trabajo en equipo.
Me enseñó a ganar y a perder.
Por eso no quiero que este episodio
se interprete como una crítica
a aquellas tardes deportivas.
Al contrario.
Las recuerdo como una etapa
extraordinaria.
Lo que hoy cuestiono es la manera
en que comenzamos a incorporar el alcohol
como una parte aparentemente indispensable
de aquella convivencia.
CUANDO LA REPETICIÓN CONSTRUYE COSTUMBRES
Hay hábitos que aparecen
de manera evidente.
Pero otros se forman lentamente,
casi sin que nos demos cuenta.
Una experiencia se repite.
Después vuelve a repetirse.
Y, con el paso del tiempo,
termina formando parte
de nuestra rutina.
Eso es lo que hoy puedo identificar
en aquellos encuentros futbolísticos.
El partido era semanal.
La convivencia también.
Y el alcohol comenzó a aparecer
con frecuencia en esas reuniones.
No puedo afirmar que en aquella etapa
ya padeciera dependencia alcohólica.
Pero sí puedo reconocer que estaba
desarrollándose una asociación entre
diversión, convivencia y consumo
de alcohol.
La cerveza comenzó a tener un lugar
dentro de nuestras costumbres.
Ya no era aquella primera experiencia
con aguardiente Tick Tack, cuando
mi garganta rechazó una bebida
demasiado fuerte.
Ahora se trataba de cerveza.
Una bebida que incorporábamos
a nuestras reuniones sociales.
DE LA EUFORIA DEPORTIVA A LA EUFORIA DEL ALCOHOL
Antes de beber, ya experimentábamos
una alegría extraordinaria.
La emoción de un gol.
La satisfacción de ganar.
La expectativa de viajar
a otro lugar.
La felicidad de estar rodeados
de nuestros amigos.
Todo aquello era auténtico.
Pero cuando el alcohol comenzó
a formar parte de nuestras reuniones,
apareció una segunda experiencia.
La desinhibición que puede producir
la bebida.
El deseo de prolongar
la celebración.
La facilidad con la que las
conversaciones parecían extenderse.
Y la costumbre de continuar consumiendo
mientras seguíamos reunidos.
No puedo saber cuánto de nuestra
euforia provenía del fútbol y cuánto
comenzó a relacionarse con los efectos
del alcohol.
Lo que sí puedo reconocer es que
ambas experiencias empezaron
a mezclarse.
"El fútbol era nuestra pasión;
la cerveza se estaba convirtiendo
en una acompañante habitual."
EL DINERO QUE DESAPARECÍA
Hay un detalle que hoy considero
revelador.
Muchas veces terminábamos
sin dinero.
No porque hubiéramos realizado
una inversión importante.
Sino porque las botellas se iban
acumulando durante aquellas reuniones.
La prioridad era continuar
compartiendo.
Pero hoy me pregunto cuántas veces
dejamos que el deseo de seguir bebiendo
determinara nuestros gastos.
No llevábamos registros.
No estábamos pensando en presupuestos
ni en administración financiera.
Simplemente gastábamos.
Con los años he comprendido que
el consumo de alcohol no solamente
puede afectar la salud.
También puede afectar la economía,
las relaciones familiares, el rendimiento
laboral y las decisiones cotidianas.
LA DIFERENCIA ENTRE LA PRIMERA Y LA SEGUNDA ETAPA
Cuando comparo este episodio
con mi primera experiencia con
el aguardiente, encuentro
una diferencia importante.
La primera vez fue una experiencia
marcada por la curiosidad y el rechazo
físico.
Recuerdo claramente que aquel
aguardiente Tick Tack resultó
demasiado fuerte para nuestras
gargantas.
Pero durante esta segunda etapa,
el alcohol empezó a aparecer
en un contexto completamente diferente.
Ahora estaba relacionado
con algo que realmente disfrutábamos.
El fútbol.
La amistad.
Los viajes.
Las conversaciones.
Las bromas.
Las victorias y las derrotas.
En lugar de recordar únicamente
el ardor desagradable de aquella
primera experiencia, ahora encontraba
la bebida asociada con recuerdos
agradables y momentos de convivencia.
AQUELLOS AMIGOS Y LOS AÑOS QUE NO REGRESAN
Cuando recuerdo a mis compañeros
de fútbol, no siento resentimiento.
Siento nostalgia.
Fueron parte de una época irrepetible.
Compartimos partidos, viajes,
conversaciones, risas y experiencias
que formaron parte de nuestra juventud.
Seguramente cada uno tomó después
su propio camino.
Hoy me gustaría volver a encontrarme
con aquellos jóvenes, aunque solamente
fuera por un momento.
No necesariamente para beber
una cerveza.
Sino para conversar.
Para recordar aquel camión incómodo
en el que viajábamos.
Para revivir los partidos en Apopa,
Guazapa, Nejapa y Quezaltepeque.
Para reírnos nuevamente de las
jugadas absurdas que todavía podrían
aparecer en nuestra memoria.
"Lo verdaderamente valioso
de aquellas reuniones nunca estuvo
dentro de las botellas.
Estuvo en las personas
que nos acompañaban."
SI PUDIERA REGRESAR A UNO DE AQUELLOS PARTIDOS
A veces imagino cómo sería regresar
a uno de aquellos encuentros.
Volver a tener diecisiete años.
Subirme nuevamente a aquel camión
junto a mis amigos.
Escuchar las conversaciones,
las bromas y los comentarios
sobre el partido que íbamos
a disputar.
Llegar a una cancha
de algún lugar de la región.
Sentir la emoción de entrar
al terreno de juego.
Correr detrás de la pelota.
Intentar anotar un gol.
Celebrar una victoria o aceptar
una derrota.
Y después regresar a la colonia
para conversar sobre lo sucedido.
Si pudiera vivir nuevamente aquella
experiencia, conservaría muchas cosas.
Conservaría la amistad.
Conservaría el fútbol.
Conservaría la alegría de los viajes.
Conservaría las bromas
y las conversaciones.
Pero cambiaría algo.
No necesitaría llevar alcohol
para prolongar la felicidad.
Preferiría refrescarme con agua
después del esfuerzo físico.
Disfrutaría las mismas conversaciones
sin dejar que el consumo de cerveza
se convirtiera en una costumbre.
EL PRINCIPIO DE UNA RELACIÓN DIFERENTE CON EL ALCOHOL
Este segundo episodio representa
una transición dentro de mi historia.
En el primero conocí el alcohol
por curiosidad.
En el segundo comencé a consumirlo
dentro de una dinámica social
que se repetía.
No recuerdo que existiera una
decisión consciente de convertir
la bebida en parte de nuestra vida.
Simplemente sucedió.
Primero el partido.
Después la cerveza.
Luego las botellas para el camino.
Más tarde las reuniones en la colonia.
Y finalmente aquellas conversaciones
que podían prolongarse hasta altas
horas de la madrugada.
La secuencia parecía natural.
Pero hoy, al reconstruirla,
puedo observarla desde otra perspectiva.
El alcohol había comenzado a ocupar
un espacio dentro de actividades
que antes disfrutábamos sin necesidad
de beber.
CONCLUSIÓN: EL PARTIDO TERMINABA, PERO LAS BOTELLAS CONTINUABAN
Han pasado más de cuarenta años
desde aquellas jornadas de fútbol.
Todavía recuerdo la emoción
de reunirnos para viajar
a distintos lugares.
Recuerdo los camiones incómodos.
Las bromas durante el trayecto.
Las canchas donde nos enfrentábamos
a otros equipos.
Los goles que celebrábamos como
si hubiéramos ganado una copa mundial.
Las equivocaciones que después
se convertían en motivo de risas.
Y aquellas largas conversaciones
en la colonia San José de las Flores.
Pero también recuerdo las cervezas.
La Pilsener bien helada
después del partido.
Las botellas que comprábamos
para el regreso.
Las reuniones que se prolongaban
hasta la madrugada.
Y el dinero que terminábamos
gastando mientras seguíamos
comentando las jugadas.
Hoy puedo mirar esa etapa
con nostalgia, pero también
con responsabilidad.
Porque aquellas tardes de fútbol
fueron hermosas.
Y no quiero que el alcohol
se lleve el mérito de la felicidad
que verdaderamente nos proporcionaban
la amistad, el deporte y nuestra juventud.
No eran las cervezas
las que nos hacían futbolistas.
No eran las botellas
las que convertían nuestros
partidos en hazañas.
No era el alcohol
el que construía nuestras amistades.
Era nuestra juventud.
Era nuestra pasión.
Era la alegría de estar vivos.
"A veces comenzamos a beber
para acompañar momentos felices,
sin darnos cuenta de que la felicidad
ya estaba allí antes de abrir
la primera botella."
Hoy, al reconstruir mi historia,
puedo reconocer que aquella costumbre
de beber después de los partidos
fue uno de los primeros pasos
de una relación con el alcohol
que después tendría consecuencias
importantes en mi vida.
Pero también comprendo que mi pasado
no determina inevitablemente mi futuro.
Y esa oportunidad de aprender
de mis experiencias es una
de las razones por las que sigo
contando mi historia.
"EL FÚTBOL NOS DABA LA ALEGRÍA.
LA AMISTAD NOS DABA LOS RECUERDOS.
EL ALCOHOL COMENZÓ A CONVERTIRSE
EN UNA COSTUMBRE."